Nunca había pintado. Entré en una tienda de bellas artes con la ilusión de quien empieza algo completamente desconocido. Elegí unos pinceles, unos lienzos y pintura acrílica, convencida de que solo había una forma de descubrir si aquello también podía ser para mí: empezar.
La primera obra que nació de aquel caballete fue un paisaje surrealista: un rostro fragmentado, un gran ojo y unos cactus bajo un cielo imposible. Sin darme cuenta, muchos de los símbolos que siguen apareciendo en mi pintura ya estaban allí desde el principio.
Pocos meses después viajé a Tanzania. En Zanzíbar descubrí el trabajo de artistas locales y regresé con una pequeña pintura de una jirafa que todavía conservo. Aquel viaje despertó en mí el deseo de pintar la fuerza y la presencia de los animales salvajes. Así nacieron mis primeras obras inspiradas en la selva.
Ese mismo año viajé a Laponia. Sus paisajes silenciosos, la nieve y la forma en que la naturaleza parece detener el tiempo dieron origen a una nueva serie de animales: el oso polar, el ciervo y el zorro.
Con el tiempo entendí que, aunque cada colección naciera de una experiencia distinta, todas compartían un mismo hilo invisible: la mirada. La de un animal salvaje, la de una mujer que se recoge en silencio o la de ese ojo que atraviesa mis composiciones como un símbolo de intuición, presencia y transformación.
Cada obra está pintada íntegramente a mano, es única, va firmada y se entrega con su certificado de autenticidad.
Muchas veces no soy capaz de imaginar cómo terminará una obra. Hay momentos en los que el lienzo parece ir en la dirección equivocada y empiezo a dudar. Entonces me repito siempre la misma frase:
«Confía en el proceso»
He aprendido que no debo juzgar un cuadro antes de tiempo; casi siempre encuentra su lugar mucho antes de que yo sea capaz de verlo.
Desde entonces, cada lienzo en blanco sigue siendo una invitación a descubrir algo que todavía no sé ver.